URBATORIVM: etimologías populares

Etimología, grafismo y toponimia de uso coloquial en el lenguaje del pueblo chileno (@urbatorium)
DEL PAJAREO AL PAJARÓN: Hoy pude ver cómo tropezó y cayó duramente en el pavimento una dama invitada a un acto público del Centro de Santiago, por estar mirando hacia lo alto de un monumento conmemorativo mientras caminaba alrededor del mismo. Además de romperse una media, hincharse la rodilla y tener que pasar unos minutos en una ambulancia dispuesta previsoramente en el lugar, no parece haber quedado con mayores averías. Sin embargo, su accidente me hizo recordar la razón precisa por la que el verbo pajarear pasó a referirse también al acto de andar distraído y desconcentrado en una situación que, eventualmente, pudiese provocar un riesgo o situación desafortunada. Pajarear es, originalmente, el acto de salir a cazar pájaros, con honda, flecha o arma de fuego. Sin embargo, como este desafío involucra el tener que moverse mirando hacia arriba y esculcando entre copas de árboles y ramas, desatendiendo bastante los detalles del camino y exponiéndose a eventuales tropiezos o caídas, pajarear se hizo sinónimo también de andar distraído o divagando, con la razón dormida y el estado de alerta anestesiado. Así, el que pajarea se cae en la escala, resbala en el piso mojado, se estrella contra la puerta cerrada, da vuelta la copa, se le escapa el perro a la calle o hasta se le sale un tiro accidental de la escopeta de caza. En algunos países, pajarear también es andar de ocio o a la deriva, sacando la vuelta sin destino. Sin embargo, en Chile es claro que pajarear alude a andar de tonto, “volado” o de leso propenso a sufrir accidentes y, cuanto menos, a provocar situaciones incómodas como ser embaucado por algún “pillo”, perder el celular o dejar las llaves al interior del vehículo cerrado. De esto último parece provenir también el término pajarón, que nada tiene que ver con el apellido y la localidad española homónimos: se usa para referirse a individuos distraídos y despistados con tendencia al desastre, precisamente por andar pajareando todo el tiempo. Otras asociaciones ponen al propio pajarón como el ave de la caza: “me pillaron volando bajo”, dice el tipo que acaba de ser estafado o engañado, resignándose a haberse vuelto por un momento, el pájaro más fácil de ponerle el tiro. Así pues, si le llegara el famoso correo electrónico de los clics para salvar a un pobre muchacho del cáncer o una cartola chanta de su banco pidiéndole reingresar sus datos secretos de cuenta, recuerde que Ud. no es cazador de pájaros: vuelva  la vista al frente, que no lo pillen pajareando y evite quedar de pajarón per secula seculorum.

DEL PAJAREO AL PAJARÓN: Hoy pude ver cómo tropezó y cayó duramente en el pavimento una dama invitada a un acto público del Centro de Santiago, por estar mirando hacia lo alto de un monumento conmemorativo mientras caminaba alrededor del mismo. Además de romperse una media, hincharse la rodilla y tener que pasar unos minutos en una ambulancia dispuesta previsoramente en el lugar, no parece haber quedado con mayores averías. Sin embargo, su accidente me hizo recordar la razón precisa por la que el verbo pajarear pasó a referirse también al acto de andar distraído y desconcentrado en una situación que, eventualmente, pudiese provocar un riesgo o situación desafortunada. Pajarear es, originalmente, el acto de salir a cazar pájaros, con honda, flecha o arma de fuego. Sin embargo, como este desafío involucra el tener que moverse mirando hacia arriba y esculcando entre copas de árboles y ramas, desatendiendo bastante los detalles del camino y exponiéndose a eventuales tropiezos o caídas, pajarear se hizo sinónimo también de andar distraído o divagando, con la razón dormida y el estado de alerta anestesiado. Así, el que pajarea se cae en la escala, resbala en el piso mojado, se estrella contra la puerta cerrada, da vuelta la copa, se le escapa el perro a la calle o hasta se le sale un tiro accidental de la escopeta de caza. En algunos países, pajarear también es andar de ocio o a la deriva, sacando la vuelta sin destino. Sin embargo, en Chile es claro que pajarear alude a andar de tonto, “volado” o de leso propenso a sufrir accidentes y, cuanto menos, a provocar situaciones incómodas como ser embaucado por algún “pillo”, perder el celular o dejar las llaves al interior del vehículo cerrado. De esto último parece provenir también el término pajarón, que nada tiene que ver con el apellido y la localidad española homónimos: se usa para referirse a individuos distraídos y despistados con tendencia al desastre, precisamente por andar pajareando todo el tiempo. Otras asociaciones ponen al propio pajarón como el ave de la caza: “me pillaron volando bajo”, dice el tipo que acaba de ser estafado o engañado, resignándose a haberse vuelto por un momento, el pájaro más fácil de ponerle el tiro. Así pues, si le llegara el famoso correo electrónico de los clics para salvar a un pobre muchacho del cáncer o una cartola chanta de su banco pidiéndole reingresar sus datos secretos de cuenta, recuerde que Ud. no es cazador de pájaros: vuelva  la vista al frente, que no lo pillen pajareando y evite quedar de pajarón per secula seculorum.

LOS “GUACHACAS” ORIGINARIOS: La última y controvertida elección de Rey y Reina del Movimiento de los Guachacas 2013 ha dejado un saborcillo polémico que, entre otras cosas, ha llevado a algunos a preguntarse quiénes son el realidad los guachacas “típicos” y cuál es el verdadero origen del término, o su significado. De raíz quechua, el antiguo huachaca era en realidad cierto tipo de mendigos y ebrios callejeros que quedaban tirados en la calle y que caían en la vagancia consumidos por el mismo vicio, guardando quizás alguna relación con otras expresiones como huacho, usado peyorativamente para huérfano, abandonado o bastardo, y también con el huachacai, una deplorable bebida similar al aguardiente pero de bajísima calidad, que se bebía en lo más bajo de la sociedad chilena. El huachacai era sólo para garantizar la borrachera: equivalía casi al bidón de “Chimbombo” en la Colonia y buena parte de la República, apareciendo mencionada en el diccionario de “Chilenismos. Apuntes lexicográficos” de José Toribio Medina (Soc. Imp. y Lit. Universo, Santiago, Chile – 1928, pág. 173) y sabiéndose que fue muy común en zonas santiaguinas como el barrio La Chimba, La Vega y el Mercado Central, tradicional territorio de curados. Un gran fomentor del concepto fue, por supuesto, el Tío Roberto Parra con sus cuecas choras y su famosa pieza el “Jazz huachaca”, además de que el gran folklorista calzaba bastante bien con el perfil original del huachaca que bebía en exceso y llegaba a quedar tirado, según su propia confesión. Empero, como todos los términos y expresiones (significantes) pueden sufrir adaptaciones o desplazamientos desde sus sentidos originales (significados), con el tiempo, huachaca -o más modernamente “guachaca”- se ha convertido en algo relativo más bien a una parte de la cultura chilena, a veces como sinónimo de roto inclusive, y que se declara heredero de la tradición popular con gusto por la comida típica, los tragos folclóricos y las cuecas bravas, entre otros iconos. Más allá de la legitimidad que pueda tener o no esta transposición del concepto, su epicentro sigue siendo el Barrio Mapocho, viejo territorio de los primeros huachacas y de los traguitos de huachacai de antaño, con sus reuniones “cumbres” anuales en el Centro Cultural de la Estación Mapocho y sus fiestas en cantinas históricas como “La Piojera”.

LOS “GUACHACAS” ORIGINARIOS: La última y controvertida elección de Rey y Reina del Movimiento de los Guachacas 2013 ha dejado un saborcillo polémico que, entre otras cosas, ha llevado a algunos a preguntarse quiénes son el realidad los guachacas “típicos” y cuál es el verdadero origen del término, o su significado. De raíz quechua, el antiguo huachaca era en realidad cierto tipo de mendigos y ebrios callejeros que quedaban tirados en la calle y que caían en la vagancia consumidos por el mismo vicio, guardando quizás alguna relación con otras expresiones como huacho, usado peyorativamente para huérfano, abandonado o bastardo, y también con el huachacai, una deplorable bebida similar al aguardiente pero de bajísima calidad, que se bebía en lo más bajo de la sociedad chilena. El huachacai era sólo para garantizar la borrachera: equivalía casi al bidón de “Chimbombo” en la Colonia y buena parte de la República, apareciendo mencionada en el diccionario de “Chilenismos. Apuntes lexicográficos” de José Toribio Medina (Soc. Imp. y Lit. Universo, Santiago, Chile – 1928, pág. 173) y sabiéndose que fue muy común en zonas santiaguinas como el barrio La Chimba, La Vega y el Mercado Central, tradicional territorio de curados. Un gran fomentor del concepto fue, por supuesto, el Tío Roberto Parra con sus cuecas choras y su famosa pieza el “Jazz huachaca”, además de que el gran folklorista calzaba bastante bien con el perfil original del huachaca que bebía en exceso y llegaba a quedar tirado, según su propia confesión. Empero, como todos los términos y expresiones (significantes) pueden sufrir adaptaciones o desplazamientos desde sus sentidos originales (significados), con el tiempo, huachaca -o más modernamente “guachaca”- se ha convertido en algo relativo más bien a una parte de la cultura chilena, a veces como sinónimo de roto inclusive, y que se declara heredero de la tradición popular con gusto por la comida típica, los tragos folclóricos y las cuecas bravas, entre otros iconos. Más allá de la legitimidad que pueda tener o no esta transposición del concepto, su epicentro sigue siendo el Barrio Mapocho, viejo territorio de los primeros huachacas y de los traguitos de huachacai de antaño, con sus reuniones “cumbres” anuales en el Centro Cultural de la Estación Mapocho y sus fiestas en cantinas históricas como “La Piojera”.

“MÁS ARREGLADO QUE CABALLO DE CUASIMODO”: Hace poco fue la folklórica Fiesta Religiosa de Cuasimodo, con sus características caravanas de cofradías y feligreses montados en carretas y caballos. Alguien notó alguna vez la parafernalia y accesorios decorativos con que son arreglados los equinos en esta celebración, generalmente con cintas, cortinas, flores, plumas, banderines y cucardas dándoles un aspecto casi de carro alegórico en un pasacalles, y nació así la expresión “más arreglado que caballo de Cuasimodo”. Se la invoca cuando algún negocio o apuesta no huele bien, motivando sospechas de “arreglines” entre los involucrados. Hay instancias donde es casi tradición este arreglo bajo cuerdas y a espalda de la honestidad, más grande y evidente que “caballo de Causimodo”: las apuestas de las carreras a la chilena, por ejemplo. Antes era el lucrativo juego de “La Pirámide” (lucrativo para el que estafaba). Algunas operaciones de remates también tiene pésima fama, o ciertas licitaciones realizadas entre productores u organizadores de determinados encuentros. El deporte también ha conocido de esta metáfora caballuno-cuasimodista, como el boxeo de antaño y el fútbol, no sólo en las divisiones inferiores. Ahora último lo hemos visto a nivel más aristocrático y emprendedor: colusión de farmacias, chamullos de inmobiliarias, triquiñuelas de las AFP y hasta de Universidades privadas. Mientras existan negocios y sus sombras, entonces, la apelación al arregladísimo caballo de Cuasimodo seguirá muy vigente.

“MÁS ARREGLADO QUE CABALLO DE CUASIMODO”: Hace poco fue la folklórica Fiesta Religiosa de Cuasimodo, con sus características caravanas de cofradías y feligreses montados en carretas y caballos. Alguien notó alguna vez la parafernalia y accesorios decorativos con que son arreglados los equinos en esta celebración, generalmente con cintas, cortinas, flores, plumas, banderines y cucardas dándoles un aspecto casi de carro alegórico en un pasacalles, y nació así la expresión “más arreglado que caballo de Cuasimodo”. Se la invoca cuando algún negocio o apuesta no huele bien, motivando sospechas de “arreglines” entre los involucrados. Hay instancias donde es casi tradición este arreglo bajo cuerdas y a espalda de la honestidad, más grande y evidente que “caballo de Causimodo”: las apuestas de las carreras a la chilena, por ejemplo. Antes era el lucrativo juego de “La Pirámide” (lucrativo para el que estafaba). Algunas operaciones de remates también tiene pésima fama, o ciertas licitaciones realizadas entre productores u organizadores de determinados encuentros. El deporte también ha conocido de esta metáfora caballuno-cuasimodista, como el boxeo de antaño y el fútbol, no sólo en las divisiones inferiores. Ahora último lo hemos visto a nivel más aristocrático y emprendedor: colusión de farmacias, chamullos de inmobiliarias, triquiñuelas de las AFP y hasta de Universidades privadas. Mientras existan negocios y sus sombras, entonces, la apelación al arregladísimo caballo de Cuasimodo seguirá muy vigente.

EL JACOIBO ORIGINAL: Hubo una época en que se llamaba con frecuencia a los ciudadanos de origen judío como los jacoibos, especialmente a los inmigrantes que llegaron de Europa durante la primera mitad del siglo XX, gran parte de ellos en los albores de la Segunda Guerra Mundial, y a los que se caricaturizaba con una característica y dificultosa forma de hablar el castellano cambiando las vocales por varias “i” anómalas en la pronunciación. Al contrario de lo que podría creerse luego de leer la definición que se da a esta palabra en el Diccionario de la RAE, originalmente jacoibo no parecía ser un mote despectivo: el apodo aludía coloquialmente a la gran cantidad de judíos que llevaban el nombre de Jacob o Jacobo, aunque con el tiempo se volvió una expresión de alcances peyorativos. Según sugiere fugazmente el lingüista estadounidense Charles Emil Kany en su “Semántica hispanoamericana”, el término es de origen chileno, aunque ha sido usado intensamente también en países como Perú y Argentina. Hubo famosos negocios de algún jacoibo en el comercio de barrios viejos de Santiago, Valparaíso o Concepción; hasta existió un “barrio jacoibo” por el vecindario de la avenida Matta; y la revista de humor político “Topaze” festinaba en los cincuenta y sesenta refiriéndose al dirigente radical Jacobo Schaulsohn Numhauser como don Jacoibo Schaulsohn. El peruano Domingo Tamariz Lúcar, por su parte, escribió en sus “Memorias de una pasión: La prensa peruana y sus protagonistas”: “En ese transcurrir, ‘Hogar’ era la tienda que más sonaba en Lima para regocijo de Beto Levy, un ‘jacoibo’ simpático, talentoso para los negocios e hincha ‘a muerte’ del Sport Boys, cuya oncena muchas veces caminaba gracias a los billetes de don Beto”.  Pero el máximo difusor del motete en Chile fue, sin duda, el personaje Don Jacoibo que aparecía en la revista “Condorito” de René Ríos Boettiguer, más conocido como Pepo: se trataba de un hilarante inmigrante judío de pequeño tamaño, barba larga y gafas gruesas (como se observa en la imagen aquí reproducida), con aspecto como de rabino pero que solía aparecer ejerciendo como prestamista de dinero y con el que Condorito siempre tenía contraídas deudas, por lo que la relación de ambos lucía un poco a la que se satiriza con don Ramón y el señor Barriga en el clásico programa de humor mexicano “El Chavo del 8”. Al parecer, en sus orígenes se llamaba Don Salomón, pero en algún momento se le cambió el nombre. Sin embargo, como se trataba de un personaje tacaño, ahorrativo y avaro que cumplía con el estereotipo internacional con que se suele caricaturizar a los judíos, Don Jacoibo comenzó a ser objeto de protestas y aprensiones de esta comunidad en Chile, desapareciendo por completo a principios de los ochenta tras una decisión del editor de la tira cómica. Se ha dicho muchas veces que Pepo transformó al personaje Don Jacoibo en otro posterior llamado Máximo Tacaño, pero la verdad es que la relación de continuidad entre ambos es muy poca, salvo la tacañería que se les atribuye a los dos como motor generador de situaciones para los respectivos chistes, por lo que aquello que en realidad se conservó fue sólo el rol del personaje, cambiándole totalmente el resto: aspecto, origen, nombre, personalidad, etc. Sin embargo, el apodo de jacoibo todavía se mantiene entre algunos lugares y entre generaciones ya en retirada para señalar a algunos judíos, ya sea de forma afectuosa y, en otros casos, de manera sarcástica o burlona.

EL JACOIBO ORIGINAL: Hubo una época en que se llamaba con frecuencia a los ciudadanos de origen judío como los jacoibos, especialmente a los inmigrantes que llegaron de Europa durante la primera mitad del siglo XX, gran parte de ellos en los albores de la Segunda Guerra Mundial, y a los que se caricaturizaba con una característica y dificultosa forma de hablar el castellano cambiando las vocales por varias “i” anómalas en la pronunciación. Al contrario de lo que podría creerse luego de leer la definición que se da a esta palabra en el Diccionario de la RAE, originalmente jacoibo no parecía ser un mote despectivo: el apodo aludía coloquialmente a la gran cantidad de judíos que llevaban el nombre de Jacob o Jacobo, aunque con el tiempo se volvió una expresión de alcances peyorativos. Según sugiere fugazmente el lingüista estadounidense Charles Emil Kany en su “Semántica hispanoamericana”, el término es de origen chileno, aunque ha sido usado intensamente también en países como Perú y Argentina. Hubo famosos negocios de algún jacoibo en el comercio de barrios viejos de Santiago, Valparaíso o Concepción; hasta existió un “barrio jacoibo” por el vecindario de la avenida Matta; y la revista de humor político “Topaze” festinaba en los cincuenta y sesenta refiriéndose al dirigente radical Jacobo Schaulsohn Numhauser como don Jacoibo Schaulsohn. El peruano Domingo Tamariz Lúcar, por su parte, escribió en sus “Memorias de una pasión: La prensa peruana y sus protagonistas”: “En ese transcurrir, ‘Hogar’ era la tienda que más sonaba en Lima para regocijo de Beto Levy, un ‘jacoibo’ simpático, talentoso para los negocios e hincha ‘a muerte’ del Sport Boys, cuya oncena muchas veces caminaba gracias a los billetes de don Beto”.  Pero el máximo difusor del motete en Chile fue, sin duda, el personaje Don Jacoibo que aparecía en la revista “Condorito” de René Ríos Boettiguer, más conocido como Pepo: se trataba de un hilarante inmigrante judío de pequeño tamaño, barba larga y gafas gruesas (como se observa en la imagen aquí reproducida), con aspecto como de rabino pero que solía aparecer ejerciendo como prestamista de dinero y con el que Condorito siempre tenía contraídas deudas, por lo que la relación de ambos lucía un poco a la que se satiriza con don Ramón y el señor Barriga en el clásico programa de humor mexicano “El Chavo del 8”. Al parecer, en sus orígenes se llamaba Don Salomón, pero en algún momento se le cambió el nombre. Sin embargo, como se trataba de un personaje tacaño, ahorrativo y avaro que cumplía con el estereotipo internacional con que se suele caricaturizar a los judíos, Don Jacoibo comenzó a ser objeto de protestas y aprensiones de esta comunidad en Chile, desapareciendo por completo a principios de los ochenta tras una decisión del editor de la tira cómica. Se ha dicho muchas veces que Pepo transformó al personaje Don Jacoibo en otro posterior llamado Máximo Tacaño, pero la verdad es que la relación de continuidad entre ambos es muy poca, salvo la tacañería que se les atribuye a los dos como motor generador de situaciones para los respectivos chistes, por lo que aquello que en realidad se conservó fue sólo el rol del personaje, cambiándole totalmente el resto: aspecto, origen, nombre, personalidad, etc. Sin embargo, el apodo de jacoibo todavía se mantiene entre algunos lugares y entre generaciones ya en retirada para señalar a algunos judíos, ya sea de forma afectuosa y, en otros casos, de manera sarcástica o burlona.

EL VERDADERO Y SINIESTRO “CAZADOR DE CABEZAS”: La figura abstracta del headhunter o “cazador de cabezas” se ha vuelto popular en ciertos modelos del cine y de la literatura terror, aunque con nombres varios; desde hace algunos años, además, se usa para señalar a los cargos administrativos de grandes compañías donde se selecciona y recluta personal bajo un procedimiento competitivo de búsqueda de talentos llamado headhuntig, precisamente. Otros hablan aún del “cazador de cabezas” para referirse a asesinos selectivos a contrata, o a buscadores de presas humanas por las que se ofrecen recompensas de dudosa legitimidad, idea difundida especialmente por las películas de Hollywood. Un lado más terrorífico para el “cazador de cabezas” es explotado en filmes como “Depredador”; y en las canciones, el mismo personaje y su oficio aparecen en temas como “Skulls” de los Misfits o “Headhunter” de Front 242. Sin embargo, el verdadero “cazador de cabezas” fue un oscuro tipo de criminales que aparecen aproximadamente desde 1850 en adelante, cuando comenzó un comercio de cabezas humanas reducidas o tsantsas de los indios shuar de la Amazonía ecuatoriana y peruana, impropiamente llamados jíbaros. Si bien estas piezas-amuletos eran conocidas desde tiempos inmemoriales (tal como las cabezas-trofeos de la cultura Nazca), la espectacularidad de las cabezas reducidas o “de bolsillo” de los jíbaros, generalmente hechas con enemigos vencidos, fueron tan apetecidas por los coleccionistas que se estableció todo un contrabando internacional de las mismas, especialmente ejecutado por viajeros, exploradores y más tarde turistas europeos, especialmente en la época victoriana. También hubo un tráfico hacia los Estados Unidos, después declarado ilegal. Como las cabezas humanas en miniatura eran tan bien pagadas, algunos indígenas y hasta campesinos amazónicos comenzaron el criminal negocio que parece llegar a su apogeo hacia las últimas décadas del siglo XIX: aprovechando el nulo imperio de la ley en sus territorios, cometían asesinatos y las cabezas de sus víctimas las usaban para sostener una industria de producción de tsantsas con el complejo procedimiento que incluía -entre otras cosas- sacar el cráneo, hervir la piel con el pelo y luego llenarlo con gravilla o arena caliente para que quedara reducida y convertida en miniatura, al que se le cocían algunas cuerdas en los labios a modo de asas. Los asesinos que recurrían a esta sucia y horrible práctica eran llamados “cazadores de cabezas” o headhunters, y eran la forma más efectiva de proveerse de cabezas reales, en vista de que usar las robadas a fallecidos en sus sepulturas era poco útil, por la necesidad de que el material orgánico estuviera fresco al momento de iniciar el procedimiento de reducción. La práctica del headhuntig en el Amazonas occidental causó cientos de muertes violentas entre tribus y aldeas apartadas de la civilización; así, los “cazadores de cabezas” llegaron a causar pavor en las sociedades indígenas y campesinas del territorio, adquiriendo ribetes casi de leyenda en el resto del mundo. Hubo muchos otros que hacían falsificaciones de estas cabezas, especialmente en Colombia y Brasil; pero habiendo expertos en identificar las adulteraciones y como falsificar una solía ser tanto o más difícil que hacerla de verdad, el sangriento negocio se mantuvo hasta aproximadamente 1930, cuando comenzaron las restricciones y, más tarde, las prohibiciones al comercio de estas piezas. La venta de estas piezas ha seguido desde entonces, pero en su inmensa medida se trata ya sólo de falsificaciones. Otros casos parecidos de “cazadores de cabezas” se han dado en África, en Sumatra y en la India, país este último donde la diosa Kali es representada -precisamente- con collares de cráneos o cabezas. Pero la época de estas prácticas también parece haber sido superada allá, por el tiempo y la civilización. Así, la época de las verdaderas y siniestras cabezas reducidas pudo haber pasado, pero basta ver las escenas con la colección del personaje ficticio del Gobernador Philip de la exitosa serie de TV “The Walking Dead”, para comprender que la figura perturbadora del “cazador de cabezas” como asesino serial que colecciona cráneos “trofeos” de víctimas en acuarios de formalina o en guirnaldas colgantes de calaveras, sigue presente en la cultura popular: la literatura, el cómic, la televisión y el cine, elevado ya a la categoría de mito antológico.

EL VERDADERO Y SINIESTRO “CAZADOR DE CABEZAS”: La figura abstracta del headhunter o “cazador de cabezas” se ha vuelto popular en ciertos modelos del cine y de la literatura terror, aunque con nombres varios; desde hace algunos años, además, se usa para señalar a los cargos administrativos de grandes compañías donde se selecciona y recluta personal bajo un procedimiento competitivo de búsqueda de talentos llamado headhuntig, precisamente. Otros hablan aún del “cazador de cabezas” para referirse a asesinos selectivos a contrata, o a buscadores de presas humanas por las que se ofrecen recompensas de dudosa legitimidad, idea difundida especialmente por las películas de Hollywood. Un lado más terrorífico para el “cazador de cabezas” es explotado en filmes como “Depredador”; y en las canciones, el mismo personaje y su oficio aparecen en temas como “Skulls” de los Misfits o “Headhunter” de Front 242. Sin embargo, el verdadero “cazador de cabezas” fue un oscuro tipo de criminales que aparecen aproximadamente desde 1850 en adelante, cuando comenzó un comercio de cabezas humanas reducidas o tsantsas de los indios shuar de la Amazonía ecuatoriana y peruana, impropiamente llamados jíbaros. Si bien estas piezas-amuletos eran conocidas desde tiempos inmemoriales (tal como las cabezas-trofeos de la cultura Nazca), la espectacularidad de las cabezas reducidas o “de bolsillo” de los jíbaros, generalmente hechas con enemigos vencidos, fueron tan apetecidas por los coleccionistas que se estableció todo un contrabando internacional de las mismas, especialmente ejecutado por viajeros, exploradores y más tarde turistas europeos, especialmente en la época victoriana. También hubo un tráfico hacia los Estados Unidos, después declarado ilegal. Como las cabezas humanas en miniatura eran tan bien pagadas, algunos indígenas y hasta campesinos amazónicos comenzaron el criminal negocio que parece llegar a su apogeo hacia las últimas décadas del siglo XIX: aprovechando el nulo imperio de la ley en sus territorios, cometían asesinatos y las cabezas de sus víctimas las usaban para sostener una industria de producción de tsantsas con el complejo procedimiento que incluía -entre otras cosas- sacar el cráneo, hervir la piel con el pelo y luego llenarlo con gravilla o arena caliente para que quedara reducida y convertida en miniatura, al que se le cocían algunas cuerdas en los labios a modo de asas. Los asesinos que recurrían a esta sucia y horrible práctica eran llamados “cazadores de cabezas” o headhunters, y eran la forma más efectiva de proveerse de cabezas reales, en vista de que usar las robadas a fallecidos en sus sepulturas era poco útil, por la necesidad de que el material orgánico estuviera fresco al momento de iniciar el procedimiento de reducción. La práctica del headhuntig en el Amazonas occidental causó cientos de muertes violentas entre tribus y aldeas apartadas de la civilización; así, los “cazadores de cabezas” llegaron a causar pavor en las sociedades indígenas y campesinas del territorio, adquiriendo ribetes casi de leyenda en el resto del mundo. Hubo muchos otros que hacían falsificaciones de estas cabezas, especialmente en Colombia y Brasil; pero habiendo expertos en identificar las adulteraciones y como falsificar una solía ser tanto o más difícil que hacerla de verdad, el sangriento negocio se mantuvo hasta aproximadamente 1930, cuando comenzaron las restricciones y, más tarde, las prohibiciones al comercio de estas piezas. La venta de estas piezas ha seguido desde entonces, pero en su inmensa medida se trata ya sólo de falsificaciones. Otros casos parecidos de “cazadores de cabezas” se han dado en África, en Sumatra y en la India, país este último donde la diosa Kali es representada -precisamente- con collares de cráneos o cabezas. Pero la época de estas prácticas también parece haber sido superada allá, por el tiempo y la civilización. Así, la época de las verdaderas y siniestras cabezas reducidas pudo haber pasado, pero basta ver las escenas con la colección del personaje ficticio del Gobernador Philip de la exitosa serie de TV “The Walking Dead”, para comprender que la figura perturbadora del “cazador de cabezas” como asesino serial que colecciona cráneos “trofeos” de víctimas en acuarios de formalina o en guirnaldas colgantes de calaveras, sigue presente en la cultura popular: la literatura, el cómic, la televisión y el cine, elevado ya a la categoría de mito antológico.

¿POR QUÉ LE LLAMAMOS “VIEJITO PASCUERO”?: Si en el habla hispana se insiste en llamar a San Nicolás con nombres extravagantes como Santa Claus, Papá Noel, Santa o hasta Colacho, acá en Chile la tradición ha pasado por encima de la influencia de la televisión y el cine, por lo que seguimos llamándole resistentemente como Viejito o Viejo Pascuero, costumbre que difícilmente podría ser alterada a estas alturas. ¿De dónde proviene el llamar así al viejo barrigón, barbado y de traje rojo que reparte regalos en Navidad? La explicación, de paso, aclara uno de los errores más extendidos que existen sobre el personaje en la mitología urbana, respecto de que fue “creado” por una famosa compañía de bebidas colas para su publicidad iniciada en 1931 o que en esta misma campaña el personaje navideño llegó a ser conocido en países como el nuestro. Puede que esta parte de la leyenda aplique para países donde se usa llamarle Santa Claus o  San Nicolás, pero en Chile el Viejito Pascuero era conocido desde mucho antes, más precisamente desde la Navidad de 1903, cuando el Bazar Alemán de Krauss Hermanos, una maravillosa juguetería gigante que existió primero en Ahumada con Moneda y luego en Puente con Catedral (en un bello edificio frente a la Plaza de Armas, demolido hacia 1980), contrató un actor para que representara en la tienda a San Nicolás, al estilo de cómo era conocido entonces en algunos países de Europa: un anciano de barba blanca, con una especie de túnica roja y un saco de juguetes que regalaba a los niños. El personaje era anunciado en los avisos de los diarios y los niños corrían a conocer al misterioso y simpático personaje, haciéndolo tan famoso que, en Navidades de años siguientes, no sólo siguió siendo repetido por el Bazar Krauss, sino también copiado en otras famosas tiendas comerciales de la época como la Casa Prá, la Casa Francesa y Gath & Chaves. Sin embargo, como nadie sabía el nombre de San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel, la gente llamaba al personaje como el “Viejito Pascuero”, por tratarse de la representación de un anciano bonachón y que aparecía en el período de la Pascua de Navidad, como era llamada ya entonces acá la fiesta por posible influencia de algunas familias españolas, misma razón por la que ahora nos referimos a la Navidad sólo como Pascua, a secas. Había nacido, así, el Viejito Pascuero en la tradición nacional, más de 25 años antes que la famosa campaña publicitaria de la bebida cola que terminó de repartir su fama por el resto del mundo. Para ver más sobre este tema y observar las primeras apariciones que hizo el Viejito Pascuero en la prensa chilena, ir al siguiente enlace: http://urbatorium.blogspot.com/2009/12/navidad-y-publicidad-los-origenes-del.html.

¿POR QUÉ LE LLAMAMOS “VIEJITO PASCUERO”?: Si en el habla hispana se insiste en llamar a San Nicolás con nombres extravagantes como Santa Claus, Papá Noel, Santa o hasta Colacho, acá en Chile la tradición ha pasado por encima de la influencia de la televisión y el cine, por lo que seguimos llamándole resistentemente como Viejito o Viejo Pascuero, costumbre que difícilmente podría ser alterada a estas alturas. ¿De dónde proviene el llamar así al viejo barrigón, barbado y de traje rojo que reparte regalos en Navidad? La explicación, de paso, aclara uno de los errores más extendidos que existen sobre el personaje en la mitología urbana, respecto de que fue “creado” por una famosa compañía de bebidas colas para su publicidad iniciada en 1931 o que en esta misma campaña el personaje navideño llegó a ser conocido en países como el nuestro. Puede que esta parte de la leyenda aplique para países donde se usa llamarle Santa Claus o  San Nicolás, pero en Chile el Viejito Pascuero era conocido desde mucho antes, más precisamente desde la Navidad de 1903, cuando el Bazar Alemán de Krauss Hermanos, una maravillosa juguetería gigante que existió primero en Ahumada con Moneda y luego en Puente con Catedral (en un bello edificio frente a la Plaza de Armas, demolido hacia 1980), contrató un actor para que representara en la tienda a San Nicolás, al estilo de cómo era conocido entonces en algunos países de Europa: un anciano de barba blanca, con una especie de túnica roja y un saco de juguetes que regalaba a los niños. El personaje era anunciado en los avisos de los diarios y los niños corrían a conocer al misterioso y simpático personaje, haciéndolo tan famoso que, en Navidades de años siguientes, no sólo siguió siendo repetido por el Bazar Krauss, sino también copiado en otras famosas tiendas comerciales de la época como la Casa Prá, la Casa Francesa y Gath & Chaves. Sin embargo, como nadie sabía el nombre de San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel, la gente llamaba al personaje como el “Viejito Pascuero”, por tratarse de la representación de un anciano bonachón y que aparecía en el período de la Pascua de Navidad, como era llamada ya entonces acá la fiesta por posible influencia de algunas familias españolas, misma razón por la que ahora nos referimos a la Navidad sólo como Pascua, a secas. Había nacido, así, el Viejito Pascuero en la tradición nacional, más de 25 años antes que la famosa campaña publicitaria de la bebida cola que terminó de repartir su fama por el resto del mundo. Para ver más sobre este tema y observar las primeras apariciones que hizo el Viejito Pascuero en la prensa chilena, ir al siguiente enlace: http://urbatorium.blogspot.com/2009/12/navidad-y-publicidad-los-origenes-del.html.

HAY O NO HAY “MANO”: “Se da la mano”, “hay buena mano” o simplemente “hay mano” se usa para referirse a si una propuesta o posibilidad es viable y con expectativas reales de éxito. Por el contrario, si “no se da la mano” o “no hay mano” con respecto a una situación o expectativa, ésta es inviable, riesgosa o no vale la pena abordar, por lo tanto, se “pasa” y no se participa. Entre los viajeros y mochileros, por ejemplo, hay fama de ciertos puntos de la carretera donde es más fácil que “se de la mano” y logren conseguir un aventón; y “veamos si se da la mano” dice otro que, urgido de financiamiento, se encuentra con un conocido y corre a tratar de convencerlo de facilitarle un préstamo. Lo mismo sucede si, con buena persuasión, se consigue una rebaja, una entrada gratis a la disco, una jarra de cerveza a gentileza de la casa o un amigo mártir que se abstiene de beber para llevar a los demás festejados a su casa… En todos estos casos, “se dio la mano”. Es muy posible que el término provenga de la nomenclatura y del argot de los jugadores de póker: mano se llama allí a la combinación de cartas o naipes ingleses con los que se juega, mientras que la buena mano es aquella que resulta promisoria para apostar y arriesgarse en la vuelta de una partida. Así, si se va a la apuesta, “se muestra la mano”. La mano del póker “se da”, entonces, si cumple con ser buena para asumir tal riesgo (carta más alta, par, doble par, tercia, escala, color, full, póker o escala real), en tanto que “no se da” si es muy baja, numéricamente pobre y cualitativamente insegura para aceptar o subir una apuesta. “No hay mano”, en otras palabras… Sobre este asunto, sucedió algo muy curioso y divertido en las grabaciones del filme “Maverick” de Mel Gibson, en 1994: el actor encontró una mano cortada de utilería en un set del departamento de arte y la llevó secretamente hasta el estudio entre sus ropas, en una escena donde aparecía jugando póker con apostadores en una mesa del Viejo Oeste norteamericano; en medio de la grabación, uno de ellos le exige al personaje “ver su mano” y éste, en lugar de arrojar las cartas como decía el libreto, tiró la mano amputada de goma sobre la mesa, causando un estallido de risas… En otras palabras, a Gibson “se le dio la mano” material y literalmente para hacer semejante broma en medio de una filmación.

HAY O NO HAY “MANO”: “Se da la mano”, “hay buena mano” o simplemente “hay mano” se usa para referirse a si una propuesta o posibilidad es viable y con expectativas reales de éxito. Por el contrario, si “no se da la mano” o “no hay mano” con respecto a una situación o expectativa, ésta es inviable, riesgosa o no vale la pena abordar, por lo tanto, se “pasa” y no se participa. Entre los viajeros y mochileros, por ejemplo, hay fama de ciertos puntos de la carretera donde es más fácil que “se de la mano” y logren conseguir un aventón; y “veamos si se da la mano” dice otro que, urgido de financiamiento, se encuentra con un conocido y corre a tratar de convencerlo de facilitarle un préstamo. Lo mismo sucede si, con buena persuasión, se consigue una rebaja, una entrada gratis a la disco, una jarra de cerveza a gentileza de la casa o un amigo mártir que se abstiene de beber para llevar a los demás festejados a su casa… En todos estos casos, “se dio la mano”. Es muy posible que el término provenga de la nomenclatura y del argot de los jugadores de póker: mano se llama allí a la combinación de cartas o naipes ingleses con los que se juega, mientras que la buena mano es aquella que resulta promisoria para apostar y arriesgarse en la vuelta de una partida. Así, si se va a la apuesta, “se muestra la mano”. La mano del póker “se da”, entonces, si cumple con ser buena para asumir tal riesgo (carta más alta, par, doble par, tercia, escala, color, full, póker o escala real), en tanto que “no se da” si es muy baja, numéricamente pobre y cualitativamente insegura para aceptar o subir una apuesta. “No hay mano”, en otras palabras… Sobre este asunto, sucedió algo muy curioso y divertido en las grabaciones del filme “Maverick” de Mel Gibson, en 1994: el actor encontró una mano cortada de utilería en un set del departamento de arte y la llevó secretamente hasta el estudio entre sus ropas, en una escena donde aparecía jugando póker con apostadores en una mesa del Viejo Oeste norteamericano; en medio de la grabación, uno de ellos le exige al personaje “ver su mano” y éste, en lugar de arrojar las cartas como decía el libreto, tiró la mano amputada de goma sobre la mesa, causando un estallido de risas… En otras palabras, a Gibson “se le dio la mano” material y literalmente para hacer semejante broma en medio de una filmación.

AQUELLO QUE ES “MULA”: La mula o mulo es una cruza entre una yegua (hembra del caballo) y el burro o asno (macho). Su nombre proviene del latín mulus, para señalar a cualquier híbrido, mezcla de especies distintas. Al igual que el burdégano (que resulta de la unión de un caballo con una burra) es un animal estéril en casi la totalidad de los casos, razón por la que en ciertas épocas se hablaba peyorativamente de las mujeres que no podían procrear hijos como “mulas”, nombre que en países caribeños se ha dado también a los homosexuales. Son buenas para la carga y en ciertas etapas de crecimiento antes de llegar a la adultez, las mulas pueden resultar parecidas a una hembra de burro, razón por la que, supuestamente, hubo un tiempo en que algunos inescrupulosos las vendían a inexpertos como si fuese realmente una burrita, quienes la compraban creyendo adquirir un animal de carga y también reproductor. De ahí provendría también “meter la mula” o “vender la mula”, que era muy popular en la tradición oral de los campos chilenos, pero también en territorio platense, donde se hizo sinónimo de mentira. Otra desventaja de la mula frente a la burra es que, aun siendo tan fuerte y resistente, a veces es porfiada y remolona, negándose a obedecer órdenes, por lo que otros especulan que la estafa con las mulas no era venderlas haciéndolas pasar por burras (algo creíble, considerando que no se necesita ser experto para notar las diferencias), sino al ofrecer algunas flojas, débiles o porfiadas como pretendidamente buenas para el trabajo. Quizás de allí provenga también la fama internacional de la terquedad de la mula, además. Una tercera versión dice que en los tiempos de cosecha y armado de fardos, muchas compañías compraban el producto pesándolo en grandes básculas al llegar en carretas cargadas y tiradas por mulas; sin embargo, para subir artificialmente el peso y la ganancia, algunos productores entrenaban al animal para que pusiera una o dos de sus patas sobre la plancha de pesaje sin que lo advirtiera el operario… Lograban “meter la mula”, en otras palabras. Como sea que nació realmente el concepto, la propia palabra “mula” se convirtió en algo despectivo y aplicable a aquel producto, servicio o propuesta ofertada que pretende ser una cosa pero en realidad es otra de inferior categoría, connotando siempre un grado de embaucamiento, engaño y estafa en este acto. El mercado, por ejemplo, está lleno de marcas “mulas”: las que falsifican o copian en sus nombres la fonética de casas comprobadamente famosas (recordar el “Panaphonics”, “Sorny” y “Magnetbox” de un famoso capítulo de “Los Simpsons”, para no mencionar marcas “mulas” reales), o bien las que presumen de gran categoría y de un origen en lugares geográficos donde son una tradición, pero que en realidad resultan de pésima calidad o desechables a corto plazo, algo especialmente palpable en muchas marcas “mulas” orientales. Hay, así, teléfonos celulares “mulas”, netbooks “mulas”, zapatillas “mulas”, servicios de internet “mulas”, páginas webs “mulas”, grupos musicales “mulas”, actores “mulas”, premios y concursos “mulas”, faranduleros “mulas”, ofertas “mulas” y hasta cirujanos “mulas”, políticos “mulas”,  inmobiliarias “mulas”, universidades “mulas” y proyectos de ley “mulas”… Para qué seguir.

AQUELLO QUE ES “MULA”: La mula o mulo es una cruza entre una yegua (hembra del caballo) y el burro o asno (macho). Su nombre proviene del latín mulus, para señalar a cualquier híbrido, mezcla de especies distintas. Al igual que el burdégano (que resulta de la unión de un caballo con una burra) es un animal estéril en casi la totalidad de los casos, razón por la que en ciertas épocas se hablaba peyorativamente de las mujeres que no podían procrear hijos como “mulas”, nombre que en países caribeños se ha dado también a los homosexuales. Son buenas para la carga y en ciertas etapas de crecimiento antes de llegar a la adultez, las mulas pueden resultar parecidas a una hembra de burro, razón por la que, supuestamente, hubo un tiempo en que algunos inescrupulosos las vendían a inexpertos como si fuese realmente una burrita, quienes la compraban creyendo adquirir un animal de carga y también reproductor. De ahí provendría también “meter la mula” o “vender la mula”, que era muy popular en la tradición oral de los campos chilenos, pero también en territorio platense, donde se hizo sinónimo de mentira. Otra desventaja de la mula frente a la burra es que, aun siendo tan fuerte y resistente, a veces es porfiada y remolona, negándose a obedecer órdenes, por lo que otros especulan que la estafa con las mulas no era venderlas haciéndolas pasar por burras (algo creíble, considerando que no se necesita ser experto para notar las diferencias), sino al ofrecer algunas flojas, débiles o porfiadas como pretendidamente buenas para el trabajo. Quizás de allí provenga también la fama internacional de la terquedad de la mula, además. Una tercera versión dice que en los tiempos de cosecha y armado de fardos, muchas compañías compraban el producto pesándolo en grandes básculas al llegar en carretas cargadas y tiradas por mulas; sin embargo, para subir artificialmente el peso y la ganancia, algunos productores entrenaban al animal para que pusiera una o dos de sus patas sobre la plancha de pesaje sin que lo advirtiera el operario… Lograban “meter la mula”, en otras palabras. Como sea que nació realmente el concepto, la propia palabra “mula” se convirtió en algo despectivo y aplicable a aquel producto, servicio o propuesta ofertada que pretende ser una cosa pero en realidad es otra de inferior categoría, connotando siempre un grado de embaucamiento, engaño y estafa en este acto. El mercado, por ejemplo, está lleno de marcas “mulas”: las que falsifican o copian en sus nombres la fonética de casas comprobadamente famosas (recordar el “Panaphonics”, “Sorny” y “Magnetbox” de un famoso capítulo de “Los Simpsons”, para no mencionar marcas “mulas” reales), o bien las que presumen de gran categoría y de un origen en lugares geográficos donde son una tradición, pero que en realidad resultan de pésima calidad o desechables a corto plazo, algo especialmente palpable en muchas marcas “mulas” orientales. Hay, así, teléfonos celulares “mulas”, netbooks “mulas”, zapatillas “mulas”, servicios de internet “mulas”, páginas webs “mulas”, grupos musicales “mulas”, actores “mulas”, premios y concursos “mulas”, faranduleros “mulas”, ofertas “mulas” y hasta cirujanos “mulas”, políticos “mulas”,  inmobiliarias “mulas”, universidades “mulas” y proyectos de ley “mulas”… Para qué seguir.

ALGO “DIGNO DE RIPLEY”: Se dice que algo insólito e increíble “es digno de Ripley” no por alguna relación con la multitienda del mismo nombre, como parecen creer algunos, sino con relación a una famosa personalidad de la cultura popular norteamericana: el periodista e ilustrador Robert L. Ripley (1890-1949), quien hizo universalmente conocido por sus crónicas sobre hechos extraños, bizarros, anormales y excepcionales que presentaba en la serie “Ripley’s believe it or not!”, que para el mundo hispanoparlante se tradujo como “Ripley: ¡Aunque Ud. no lo crea!”. La serie comenzó a ser presentada primero en viñetas con dibujos hechas por el propio Ripley, publicadas en formato de revistas partir de 1918, desde donde saltó después a tener un espacio propio en varios diarios y, más tarde, una serie propia de televisión. Por esos cuadros pasaban crónicas sobre esqueletos de supuestas sirenas, pruebas de que la canción nacional de EE.UU se basa en un canto viejo canto de bares, el caso de un hombre con un cuerno, las siniestras circunstancias del asesinato de Rasputín, el hombre más alto del mundo, el más pequeño, el más gordo, los primeros siameses, etc. Algunos creen que este extravagante y extraño coleccionismo lo hizo inspirado en la obra de otro famoso “cazador” de hechos anormales: Charles Fort. Ripley también montó una enorme galería personal de miles de objetos, documentos, fotografías y pruebas de hechos extraños recolectados por todo el mundo (como buen excéntrico, también era millonario), y que hoy son exhibidos en varios museos internacionales pertenecientes a la cadena que lleva su apellido y que han convertido su trabajo en un verdadero culto. Como siempre se trataba de hechos insólitos, inexplicables o francamente difíciles de aceptar en una primera lectura, se popularizó así la indicación de que algo es “digno de Ripley” cuando resulta extraordinario, raro o desacostumbrado, trascendiendo incluso a la vida del propio Robert L. Ripley. Y parece que su uso llegó tempranamente a Chile, pues aparece mencionado por Leonidas Bravo en “Lo que supo un Auditor de Guerra” de 1955, cuando comenta de una curiosa treta con la cual autoridades de la efímera República Socialista lograron zafarse de una demanda en su contra en 1932: “Fue ciertamente un caso digno de la colección de Rippley” (sic), declara allí Bravo. Sin embargo, es probable que el dicho haya sido “reimpulsado” en nuestro país gracias a la exhibición de una nueva temporada televisiva de la franquicia “Ripley: ¡Aunque Ud. no lo crea!” (1982-1986), con el actor Jack Palance en la conducción principal. Eso explicaría la vigencia que aún mantiene la expresión “digno de Ripley” en el habla hispana, además. Para conocer más del  Universo Ripley y sus hechos insólitos, ir al siguiente sitio: ripleys.com.

ALGO “DIGNO DE RIPLEY”: Se dice que algo insólito e increíble “es digno de Ripley” no por alguna relación con la multitienda del mismo nombre, como parecen creer algunos, sino con relación a una famosa personalidad de la cultura popular norteamericana: el periodista e ilustrador Robert L. Ripley (1890-1949), quien hizo universalmente conocido por sus crónicas sobre hechos extraños, bizarros, anormales y excepcionales que presentaba en la serie “Ripley’s believe it or not!”, que para el mundo hispanoparlante se tradujo como “Ripley: ¡Aunque Ud. no lo crea!”. La serie comenzó a ser presentada primero en viñetas con dibujos hechas por el propio Ripley, publicadas en formato de revistas partir de 1918, desde donde saltó después a tener un espacio propio en varios diarios y, más tarde, una serie propia de televisión. Por esos cuadros pasaban crónicas sobre esqueletos de supuestas sirenas, pruebas de que la canción nacional de EE.UU se basa en un canto viejo canto de bares, el caso de un hombre con un cuerno, las siniestras circunstancias del asesinato de Rasputín, el hombre más alto del mundo, el más pequeño, el más gordo, los primeros siameses, etc. Algunos creen que este extravagante y extraño coleccionismo lo hizo inspirado en la obra de otro famoso “cazador” de hechos anormales: Charles Fort. Ripley también montó una enorme galería personal de miles de objetos, documentos, fotografías y pruebas de hechos extraños recolectados por todo el mundo (como buen excéntrico, también era millonario), y que hoy son exhibidos en varios museos internacionales pertenecientes a la cadena que lleva su apellido y que han convertido su trabajo en un verdadero culto. Como siempre se trataba de hechos insólitos, inexplicables o francamente difíciles de aceptar en una primera lectura, se popularizó así la indicación de que algo es “digno de Ripley” cuando resulta extraordinario, raro o desacostumbrado, trascendiendo incluso a la vida del propio Robert L. Ripley. Y parece que su uso llegó tempranamente a Chile, pues aparece mencionado por Leonidas Bravo en “Lo que supo un Auditor de Guerra” de 1955, cuando comenta de una curiosa treta con la cual autoridades de la efímera República Socialista lograron zafarse de una demanda en su contra en 1932: “Fue ciertamente un caso digno de la colección de Rippley (sic), declara allí Bravo. Sin embargo, es probable que el dicho haya sido “reimpulsado” en nuestro país gracias a la exhibición de una nueva temporada televisiva de la franquicia “Ripley: ¡Aunque Ud. no lo crea!” (1982-1986), con el actor Jack Palance en la conducción principal. Eso explicaría la vigencia que aún mantiene la expresión “digno de Ripley” en el habla hispana, además. Para conocer más del  Universo Ripley y sus hechos insólitos, ir al siguiente sitio: ripleys.com.

“ABRACADABRA”, DICEN LOS MAGOS: Ya es un cliché que magos nacionales e internacionales usen la palabra mágica “abracadabra” como conjuro o invocación para marcar con espectacularidad sus trucos, al momento de la mayor sorpresa para el público. “Abracadabra / pata de cabra” agregan otros, para darle más connotación de brujería, encantamiento y hechizo. La curiosa expresión, que sólo usa letras “a” como vocal, no cayó por casualidad en el ejercicio de los shows de magia: ABRACADABRA corresponde a una palabra cabalística de 11 letras, número que era considerado maldito y oscuro por el cristianismo primitivo y que encanta a los agoreros de nuestros días, que lo ven en muchas coincidencias alrededor de la Caída de las Torres Gemelas, la guerras en Medio Oriente y otros temas interpretados como “señales del Apocalipsis”. También es un número iniciático importante en la tradición pitagórica y en la Masonería. Con la palabra ABRACADABRA, en antiguas tradiciones del Asia Media y Europa se creía posible construir un poderoso talismán o amuleto de forma triangular, escribiéndola en 11 renglones descendentes en los que se iba quitando progresivamente una, dos, tres, cuatro y así hasta 10 letras, culminando en la A sola en todas las esquinas de la figura. Se formaba así el triángulo donde se leía completo el ABRACADABRA por dos de sus lados, mientras que en el tercero sólo quedaba una hilera de 11 letras A. Se suponía que este talismán podía curar enfermedades y, en otros casos, incluso atraer la fortuna. Esta utilidad médica aparece señalada para la palabra por el escritor romano Quintus Sammonicus Serenus en su obra “Liber Medicinalis” (“De Medicina Praecepta Saluberrima”) del siglo II, y la secta de los gnósticos la escribían en un pergamino con caracteres griegos, que después se enrollaba y se colocaba colgando en el pecho del enfermo, para que mejorase. La famosa secta moderna de la Golden Down, en las islas británicas, también la utilizaba en sus ritos pero modificada en “Abrahadabra”. La palabra parece provenir del antiguo idioma arameo: avrah kahdabra que significa algo como “yo creo como hablo”. Sin embargo, en hebreo clásico también existían expresiones parecidas, como aberah ke-dabar, que se traduce como  “iré creando mientras hable”, y abarja dibra, que significa más o menos “benditas tus palabras”. Otras investigaciones suponen influencias egipcias y sumerias en el mito del ABRACADABRA, teorizándose en la posibilidad de haya originado el nombre Abraxas en la práctica gnóstica, que antes se grababa sobre piedras para convertirlas en amuletos. También estaba el término ab-ba-tab-ba-ri usado por los sumerios en ciertos ritos mágicos con presencia de alucinógenos. Muchos creen también que la insistencia de la letra A en toda la palabra simboliza algún principio ritual, de inicio (primer letra), aunque otros creen que hay una intención de construir una expresión con fonética parecida a la de un palíndromo (si se la lee también de atrás para adelante); tampoco parece ser algo menor que las consonantes sean justo las primeras del alfabeto occidental: ABCD, intervenidas por la presencia de la R, que es una letra usada en otras tradiciones antiguas para representar uniones y fusiones de principios esotéricos. Aunque no parece estar claro como llegó el ABRACADABRA a los magos contemporáneos, el término ya era usado en presentaciones de los ilusionistas y prestidigitadores de fines del siglo XIX y principios del XX, desde donde pasó rápidamente a la cultura popular y se expandió por todo el mundo, gracias al gremio de estos mismos artistas de la magia.

“ABRACADABRA”, DICEN LOS MAGOS: Ya es un cliché que magos nacionales e internacionales usen la palabra mágica “abracadabra” como conjuro o invocación para marcar con espectacularidad sus trucos, al momento de la mayor sorpresa para el público. “Abracadabra / pata de cabra” agregan otros, para darle más connotación de brujería, encantamiento y hechizo. La curiosa expresión, que sólo usa letras “a” como vocal, no cayó por casualidad en el ejercicio de los shows de magia: ABRACADABRA corresponde a una palabra cabalística de 11 letras, número que era considerado maldito y oscuro por el cristianismo primitivo y que encanta a los agoreros de nuestros días, que lo ven en muchas coincidencias alrededor de la Caída de las Torres Gemelas, la guerras en Medio Oriente y otros temas interpretados como “señales del Apocalipsis”. También es un número iniciático importante en la tradición pitagórica y en la Masonería. Con la palabra ABRACADABRA, en antiguas tradiciones del Asia Media y Europa se creía posible construir un poderoso talismán o amuleto de forma triangular, escribiéndola en 11 renglones descendentes en los que se iba quitando progresivamente una, dos, tres, cuatro y así hasta 10 letras, culminando en la A sola en todas las esquinas de la figura. Se formaba así el triángulo donde se leía completo el ABRACADABRA por dos de sus lados, mientras que en el tercero sólo quedaba una hilera de 11 letras A. Se suponía que este talismán podía curar enfermedades y, en otros casos, incluso atraer la fortuna. Esta utilidad médica aparece señalada para la palabra por el escritor romano Quintus Sammonicus Serenus en su obra “Liber Medicinalis” (“De Medicina Praecepta Saluberrima”) del siglo II, y la secta de los gnósticos la escribían en un pergamino con caracteres griegos, que después se enrollaba y se colocaba colgando en el pecho del enfermo, para que mejorase. La famosa secta moderna de la Golden Down, en las islas británicas, también la utilizaba en sus ritos pero modificada en “Abrahadabra”. La palabra parece provenir del antiguo idioma arameo: avrah kahdabra que significa algo como “yo creo como hablo”. Sin embargo, en hebreo clásico también existían expresiones parecidas, como aberah ke-dabar, que se traduce como “iré creando mientras hable”, y abarja dibra, que significa más o menos “benditas tus palabras”. Otras investigaciones suponen influencias egipcias y sumerias en el mito del ABRACADABRA, teorizándose en la posibilidad de haya originado el nombre Abraxas en la práctica gnóstica, que antes se grababa sobre piedras para convertirlas en amuletos. También estaba el término ab-ba-tab-ba-ri usado por los sumerios en ciertos ritos mágicos con presencia de alucinógenos. Muchos creen también que la insistencia de la letra A en toda la palabra simboliza algún principio ritual, de inicio (primer letra), aunque otros creen que hay una intención de construir una expresión con fonética parecida a la de un palíndromo (si se la lee también de atrás para adelante); tampoco parece ser algo menor que las consonantes sean justo las primeras del alfabeto occidental: ABCD, intervenidas por la presencia de la R, que es una letra usada en otras tradiciones antiguas para representar uniones y fusiones de principios esotéricos. Aunque no parece estar claro como llegó el ABRACADABRA a los magos contemporáneos, el término ya era usado en presentaciones de los ilusionistas y prestidigitadores de fines del siglo XIX y principios del XX, desde donde pasó rápidamente a la cultura popular y se expandió por todo el mundo, gracias al gremio de estos mismos artistas de la magia.

“MÁS COBRADOR QUE LA PATITA”: Fue popular este dicho en el Norte Grande de Chile, especialmente en Iquique, para referirse a la gente que no deja pasar deudas y las cobra todas, siempre atenta a interceptar a sus deudores. La leyenda no viene de alguna avara llamada Patty, como pudiera creerse, sino de un auténtico pie: una “pata” humana, que estaba en el Cementerio N°2 de Iquique, camposanto desaparecido en los años sesenta luego de una gran toma de terrenos que lo dejó convertido en la actual Población Inostrosa. Según su leyenda, este macabro pie se salía solo de su cripta y por más veces que volviera a ser enterrado, otra vez asomaba afuera. La gente comenzó a venerarlo, llevarle flores, prenderle velas y terminó convertida en una animita, llamada cariñosamente “La Patita”. Sin embargo, era tan cobradora como generosa: cualquiera que no cumpliera con las mandas -se decía- se arriesgaba a ser duramente castigado, pues la animita era especialmente “cobradora”. De ahí, entonces: “Más cobrador que la Patita”. Han existido varias animitas “Patitas” en la historia del Norte Grande, como algunas mencionadas por el sociólogo Bernardo Guerrero en Poconchile, al interior de Arica, y otra un cementerio cercano a la Oficina Salitrera Iris, que había correspondido a un niño cuyo pie tampoco podía ser mantenido dentro del cajón y se salía misteriosamente al exterior. Actualmente, existe una animita “Patita” en el Cementerio N°3 de Iquique, correspondiente a un pie infantil momificado que se asoma por el lado de una rústica sepultura y que es venerada con flores y ofrendas, también con fama de ser “cobradora”, aunque el uso del dicho de ser “más cobrador que la Patita” ha ido desapareciendo de la tradición iquiqueña. (Más información sobre la animita de “La Patita”, aquí: animitaschilenas.blogspot.com/2012/12/la-leyenda-de-la-patita-una-macabra.html)

“MÁS COBRADOR QUE LA PATITA”: Fue popular este dicho en el Norte Grande de Chile, especialmente en Iquique, para referirse a la gente que no deja pasar deudas y las cobra todas, siempre atenta a interceptar a sus deudores. La leyenda no viene de alguna avara llamada Patty, como pudiera creerse, sino de un auténtico pie: una “pata” humana, que estaba en el Cementerio N°2 de Iquique, camposanto desaparecido en los años sesenta luego de una gran toma de terrenos que lo dejó convertido en la actual Población Inostrosa. Según su leyenda, este macabro pie se salía solo de su cripta y por más veces que volviera a ser enterrado, otra vez asomaba afuera. La gente comenzó a venerarlo, llevarle flores, prenderle velas y terminó convertida en una animita, llamada cariñosamente “La Patita”. Sin embargo, era tan cobradora como generosa: cualquiera que no cumpliera con las mandas -se decía- se arriesgaba a ser duramente castigado, pues la animita era especialmente “cobradora”. De ahí, entonces: “Más cobrador que la Patita”. Han existido varias animitas “Patitas” en la historia del Norte Grande, como algunas mencionadas por el sociólogo Bernardo Guerrero en Poconchile, al interior de Arica, y otra un cementerio cercano a la Oficina Salitrera Iris, que había correspondido a un niño cuyo pie tampoco podía ser mantenido dentro del cajón y se salía misteriosamente al exterior. Actualmente, existe una animita “Patita” en el Cementerio N°3 de Iquique, correspondiente a un pie infantil momificado que se asoma por el lado de una rústica sepultura y que es venerada con flores y ofrendas, también con fama de ser “cobradora”, aunque el uso del dicho de ser “más cobrador que la Patita” ha ido desapareciendo de la tradición iquiqueña. (Más información sobre la animita de “La Patita”, aquí: animitaschilenas.blogspot.com/2012/12/la-leyenda-de-la-patita-una-macabra.html)

¿DÓNDE QUEDABA CHUCHUNCO?: El recuerdo abstracto de Chuchunco revive ahora gracias a una pregunta de la PSU, causando furor entre los jóvenes aspirantes a la educación superior chilena. Quizás ya habrán oído alguna vez que alguien “vive pa’ Chuchunco” cuando su residencia queda “a la cresta”, perdida en los mapas y planos. Los residentes de comunas distantes entre sí, por ejemplo, como floridanos y maipucinos, se acusan mutuamente de vivir en el mítico poblado de Chuchunco, hoy llamado elegantemente también Chuchunco City. Pero, ¿Dónde quedaba realmente Chuchunco? Desde tiempos ancestrales se llamó así a un vasto sector de chacras, predios y ciénagas ubicado al poniente de la ciudad de Santiago, más o menos en el área que ahora se encuentra entre el Río Mapocho y los barrios de la Estación Central. Según René León Echaíz, nombre proviene de una observación de las aguas del río hecha por los indígenas, que aparentaban ser tragadas por la tierra en dicho sector, pues estima que “¿Chu-chun-co?” en mapudungún, significa “¿Dónde quedó el río?” o “¿Qué se hizo del río?”. Así habría sido llamado el lugar cuando llegaron los conquistadores españoles. Para Luis Morales Herrera, sin embargo, la traducción correcta es “abundancia de agua”, y aludiría a canales y antiguos cursos de agua que salían del Mapocho y corrían por La Cañada, donde hoy está la Alameda. Como sea, el principal fundo del gran territorio fue llamado en esos tiempos coloniales como San José de Chuchunco, y se convirtió en un lugar de difícil acceso, arrabalero y campestre, donde más de alguna ocasión encontraron refugio rufianes y siendo también escenario de ciertos sucesos de la lucha por la Independencia. La actual avenida Ecuador era llamada Camino Lo Chuchunco, de hecho, pues se internaba por estos territorios que, en gran parte, pertenecían a aristocráticas sucesiones familiares hacia mediados del siglo XIX. Tras la construcción de la Estación Central en el ex fundo, se siguió denominando así a la barriada obrera y proletaria que creció en el sector, desapareciendo paulatinamente el aspecto rural y marginal que tenía. Los últimos ranchos y arrabales de Chuchunco desaparecieron con la urbanización de los años sesenta, pero por el recuerdo imperecedero de su situación periférica, en las afueras de la ciudad de Santiago, llevó a asociar a Chuchunco a un mote despectivo: algo que queda lejos, marginal, apartado, retirado y que nadie sabe exactamente dónde está… Y así, en nuestros días, revive la mítica Chuchunco City, en algún imaginario sitio de la cultura popular chilena, recientemente reivindicada por la propia PSU. (Más información sobre este tema en LUN aquí: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2012-12-04&PaginaId=2&bodyid=0 y en mi blog aquí: http://urbatorium.blogspot.com/2009/05/chuchunco-no-quedaba-tan-lejos.html).

¿DÓNDE QUEDABA CHUCHUNCO?: El recuerdo abstracto de Chuchunco revive ahora gracias a una pregunta de la PSU, causando furor entre los jóvenes aspirantes a la educación superior chilena. Quizás ya habrán oído alguna vez que alguien “vive pa’ Chuchunco” cuando su residencia queda “a la cresta”, perdida en los mapas y planos. Los residentes de comunas distantes entre sí, por ejemplo, como floridanos y maipucinos, se acusan mutuamente de vivir en el mítico poblado de Chuchunco, hoy llamado elegantemente también Chuchunco City. Pero, ¿Dónde quedaba realmente Chuchunco? Desde tiempos ancestrales se llamó así a un vasto sector de chacras, predios y ciénagas ubicado al poniente de la ciudad de Santiago, más o menos en el área que ahora se encuentra entre el Río Mapocho y los barrios de la Estación Central. Según René León Echaíz, nombre proviene de una observación de las aguas del río hecha por los indígenas, que aparentaban ser tragadas por la tierra en dicho sector, pues estima que “¿Chu-chun-co?” en mapudungún, significa “¿Dónde quedó el río?” o “¿Qué se hizo del río?”. Así habría sido llamado el lugar cuando llegaron los conquistadores españoles. Para Luis Morales Herrera, sin embargo, la traducción correcta es “abundancia de agua”, y aludiría a canales y antiguos cursos de agua que salían del Mapocho y corrían por La Cañada, donde hoy está la Alameda. Como sea, el principal fundo del gran territorio fue llamado en esos tiempos coloniales como San José de Chuchunco, y se convirtió en un lugar de difícil acceso, arrabalero y campestre, donde más de alguna ocasión encontraron refugio rufianes y siendo también escenario de ciertos sucesos de la lucha por la Independencia. La actual avenida Ecuador era llamada Camino Lo Chuchunco, de hecho, pues se internaba por estos territorios que, en gran parte, pertenecían a aristocráticas sucesiones familiares hacia mediados del siglo XIX. Tras la construcción de la Estación Central en el ex fundo, se siguió denominando así a la barriada obrera y proletaria que creció en el sector, desapareciendo paulatinamente el aspecto rural y marginal que tenía. Los últimos ranchos y arrabales de Chuchunco desaparecieron con la urbanización de los años sesenta, pero por el recuerdo imperecedero de su situación periférica, en las afueras de la ciudad de Santiago, llevó a asociar a Chuchunco a un mote despectivo: algo que queda lejos, marginal, apartado, retirado y que nadie sabe exactamente dónde está… Y así, en nuestros días, revive la mítica Chuchunco City, en algún imaginario sitio de la cultura popular chilena, recientemente reivindicada por la propia PSU. (Más información sobre este tema en LUN aquí: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2012-12-04&PaginaId=2&bodyid=0 y en mi blog aquí: http://urbatorium.blogspot.com/2009/05/chuchunco-no-quedaba-tan-lejos.html).

QUE NO SE TE “ACONCHEN LOS MEADOS”: “Se te aconcharon los meados”, le gritan en nuestro país al amigo miedoso que no se atreve a ir a la pelea o al cobarde que se asustó en un pleito cuando tomó olor a riña y escapó. Gracias a las cámaras, muchos hampones y mentecatos callejeros con pretensiones de “choros” han quedado en tremendo ridículo al ser expuestos “aconchándosele los meados” cuando les aparece en el camino una potencial víctima que fue capaz de darles batalla, pues terminar con los “meados aconchados” es toda una humillación pública. Empero, parece que nadie tiene totalmente claro de dónde proviene la metáfora y durante mi vida he escuchado al menos tres teorías sobre el origen del concepto y su singular asociación con la cobardía y el miedo poco decorosos, que algunos relacionan también con actitudes que podrían ser juzgadas como “afeminadas” en el macho recio. La primera dice relación con los cálculos renales o el “aconchado” de orina (como se le llamaba en el campo y popularmente a veces, en el pasado): cuando tiene lugar esta dolorosa calamidad, hasta el más aguerrido y varonil gladiador puede caer llorando como niñita perdida el bosque a causa del conocidamente insoportable sufrimiento que provocan el desplazamiento de las pequeñas “piedras” hacia afuera del cuerpo; y ni hablar de las posiciones y contracciones poco masculinas que hace un infeliz mientras los expulsa en el chorro de orina por la uretra. Otra versión lo asocia al trabajo de antiguas curanderas y meicas populares, especialmente las vinculadas a la cultura indígena: cuando miraban a contraluz la orina de sus pacientes en bolsas y frascos como parte de su atención, si observaban partículas o residuos sólidos (“conchos”), muchas lo interpretaban como indicio de alguna enfermedad grave y potencialmente mortal que debían comunicar de inmediato al afectado, provocando su pavor con la noticia y haciéndoles salir corriendo hasta donde algún médico “de verdad” y “con título”. Por último, hay también una versión enológica, derivada de las barricas y chuicos de vino que solían acumular una gran cantidad de residuos de borra “aconchada” en el fondo, aunque la relación con la idea de cobardía aquí no queda clara. Quizás hay otras teorías e interpretaciones y más verosímiles que éstas, pero de todos modos las dejo aquí para una profunda reflexión urinaria en la búsqueda íntima del valor de todo guerrero.

QUE NO SE TE “ACONCHEN LOS MEADOS”: “Se te aconcharon los meados”, le gritan en nuestro país al amigo miedoso que no se atreve a ir a la pelea o al cobarde que se asustó en un pleito cuando tomó olor a riña y escapó. Gracias a las cámaras, muchos hampones y mentecatos callejeros con pretensiones de “choros” han quedado en tremendo ridículo al ser expuestos “aconchándosele los meados” cuando les aparece en el camino una potencial víctima que fue capaz de darles batalla, pues terminar con los “meados aconchados” es toda una humillación pública. Empero, parece que nadie tiene totalmente claro de dónde proviene la metáfora y durante mi vida he escuchado al menos tres teorías sobre el origen del concepto y su singular asociación con la cobardía y el miedo poco decorosos, que algunos relacionan también con actitudes que podrían ser juzgadas como “afeminadas” en el macho recio. La primera dice relación con los cálculos renales o el “aconchado” de orina (como se le llamaba en el campo y popularmente a veces, en el pasado): cuando tiene lugar esta dolorosa calamidad, hasta el más aguerrido y varonil gladiador puede caer llorando como niñita perdida el bosque a causa del conocidamente insoportable sufrimiento que provocan el desplazamiento de las pequeñas “piedras” hacia afuera del cuerpo; y ni hablar de las posiciones y contracciones poco masculinas que hace un infeliz mientras los expulsa en el chorro de orina por la uretra. Otra versión lo asocia al trabajo de antiguas curanderas y meicas populares, especialmente las vinculadas a la cultura indígena: cuando miraban a contraluz la orina de sus pacientes en bolsas y frascos como parte de su atención, si observaban partículas o residuos sólidos (“conchos”), muchas lo interpretaban como indicio de alguna enfermedad grave y potencialmente mortal que debían comunicar de inmediato al afectado, provocando su pavor con la noticia y haciéndoles salir corriendo hasta donde algún médico “de verdad” y “con título”. Por último, hay también una versión enológica, derivada de las barricas y chuicos de vino que solían acumular una gran cantidad de residuos de borra “aconchada” en el fondo, aunque la relación con la idea de cobardía aquí no queda clara. Quizás hay otras teorías e interpretaciones y más verosímiles que éstas, pero de todos modos las dejo aquí para una profunda reflexión urinaria en la búsqueda íntima del valor de todo guerrero.

QUE NUNCA LE PASEN “GATO POR LIEBRE”: Desde España puede provenir también eso de “pasar gato por liebre”, para referirse a ser estafado con algo que pretendía ser un determinado producto, servicio o marca, pero que resultó ser un fraude o un embaucamiento. La comparación surge de una estafa que antes era muy corriente en restaurantes de poco prestigio y, ocasionalmente también, en algunos de reputación: vender platos de conejo escabechado, frito o picante pero con carne de gato en lugar de liebre. La semejanza de ambos animales descuerados y descabezados es innegable, por lo que muchos comerciantes inescrupulosos cometieron ese sacrilegio culinario, instalando la pésima costumbre también acá en las Américas y recurriendo a ella especialmente en períodos de alta demanda, cuando no alcanzaba el conejo o no se estaba en buena temporada para darle caza a la liebres. En Perú, por ejemplo, una tradición oral dice que el reemplazo era tan corriente en algunas zonas que incluso el conejo llegó a ser desplazado por el pobre felino, naciendo recetas como las de una feria de comidas hechas con gato que se celebra en Cañete y que está de punta con grupos de defensa animal. Otro folklore atribuye el comer gatos a esclavos chinos y luego a los restaurantes de comida oriental, que en sus primeros años no se caracterizaban por la honestidad con que identificaban la carne de sus menús, según se recordaba en otras épocas. Ciertas recetas criollas en donde la carne de conejo era picada muy fina o mezclada como pino para rellenar empanadas o tortillas, permitían esconder con mayor facilidad aún su origen felino. Acá en Chile, para resolver el tremendo problema de que les “pasen gato por liebre”, los clientes de los viejos boliches tenían un procedimiento: el lingüista e investigador lexicográfico Héctor Velis-Meza comentó alguna vez que esto consistía en exigir al mesero que fuera la cocina y trajera la cola del conejito o la liebre sacrificada para el suculento escabechado o estofado, demostrando así que correspondía a tal y llevándosela de paso para la casa como recuerdo de la comilona. Quizás por eso fue que, antes, la cola también era considerada un amuleto de bolsillo, al igual que las patas del animal. El chiste del “gato por liebre” aún se mantiene entre quienes apodan a los gatos como “conejos de techo” o “conejos de pandereta”, sugiriendo que podrían terminar en una olla. Es difícil que en actual nivel de desarrollo y fiscalización en que se encuentra el comercio gastronómico aún puedan meterle a alguien “gato por liebre”… Pero uno nunca sabe.

QUE NUNCA LE PASEN “GATO POR LIEBRE”: Desde España puede provenir también eso de “pasar gato por liebre”, para referirse a ser estafado con algo que pretendía ser un determinado producto, servicio o marca, pero que resultó ser un fraude o un embaucamiento. La comparación surge de una estafa que antes era muy corriente en restaurantes de poco prestigio y, ocasionalmente también, en algunos de reputación: vender platos de conejo escabechado, frito o picante pero con carne de gato en lugar de liebre. La semejanza de ambos animales descuerados y descabezados es innegable, por lo que muchos comerciantes inescrupulosos cometieron ese sacrilegio culinario, instalando la pésima costumbre también acá en las Américas y recurriendo a ella especialmente en períodos de alta demanda, cuando no alcanzaba el conejo o no se estaba en buena temporada para darle caza a la liebres. En Perú, por ejemplo, una tradición oral dice que el reemplazo era tan corriente en algunas zonas que incluso el conejo llegó a ser desplazado por el pobre felino, naciendo recetas como las de una feria de comidas hechas con gato que se celebra en Cañete y que está de punta con grupos de defensa animal. Otro folklore atribuye el comer gatos a esclavos chinos y luego a los restaurantes de comida oriental, que en sus primeros años no se caracterizaban por la honestidad con que identificaban la carne de sus menús, según se recordaba en otras épocas. Ciertas recetas criollas en donde la carne de conejo era picada muy fina o mezclada como pino para rellenar empanadas o tortillas, permitían esconder con mayor facilidad aún su origen felino. Acá en Chile, para resolver el tremendo problema de que les “pasen gato por liebre”, los clientes de los viejos boliches tenían un procedimiento: el lingüista e investigador lexicográfico Héctor Velis-Meza comentó alguna vez que esto consistía en exigir al mesero que fuera la cocina y trajera la cola del conejito o la liebre sacrificada para el suculento escabechado o estofado, demostrando así que correspondía a tal y llevándosela de paso para la casa como recuerdo de la comilona. Quizás por eso fue que, antes, la cola también era considerada un amuleto de bolsillo, al igual que las patas del animal. El chiste del “gato por liebre” aún se mantiene entre quienes apodan a los gatos como “conejos de techo” o “conejos de pandereta”, sugiriendo que podrían terminar en una olla. Es difícil que en actual nivel de desarrollo y fiscalización en que se encuentra el comercio gastronómico aún puedan meterle a alguien “gato por liebre”… Pero uno nunca sabe.

LA TRAGEDIA DEL “HUEVÓN”: Mi cuñado finés ya está al día acá con la jerga chilena… Aunque su seriedad y el acento nórdico lo delatan (además de su aspecto de elfo de Tolkien), aprendió a usar perfectamente los apelativos “hueón” y “hueá”… De hecho, cada vez se lo escucho más bien integrado a sus frases como adjetivo, sustantivo, verbo, indicación objetiva o subjetiva, calificativo o descalificativo, marcación final y muletilla. ¿Cómo nace esta manía nacional por abusar del “hueón”, “esa hueá”, “no hueí”, etc.? Años atrás, se usaba el “huevón” para señalar a personas de pocas capacidades intelectuales, culturales o de talentos: de ahí también el “ahuevonado” y “saco de huevas” (escroto). Algo parecido al “gilipolla” español. Se supone, en teoría, que los hombres con los testículos o “huevas” (comparación con la forma y tamaño de los huevos) demasiado grandes, no podían pensar bien a causa del peso de sus propias gónadas, y de ahí proviene también el insulto que subyace al preguntarle a alguien: “¿Acaso te pesan las huevas?” cuando no puede completar una tarea, resolver un problema o consumar un esfuerzo físico. “Huevear”, a su vez, es hacer tonterías que provocan molestia o incomodan a otros. El curioso concepto habría surgido de observaciones de la vida rural: se creía que ciertos machos del ganado campesino eran torpes proporcionalmente al tamaño de sus “criadillas”, y que los animales de corral que no eran castrados de pequeños -como toros, burros o chanchos padrones-, solían ser flojos, brutos, poco astutos e inútiles al trabajo, sirviendo sólo como reproductores. Con el tiempo, sin embargo, y por influencia cultural de otros países, “tener huevas grande” se ha ido convirtiendo en un sinónimo de entereza, masculinidad o determinación, perdiéndose un poco esa vieja comparación con un objeto de insulto. “Huevón”, a su vez, se convirtió en una forma cariñosa de referirse a amigos y a gente de confianza, equivalente al “güey” de los mexicanos (entre los cuales “huevón” se usa para señalar más bien a los flojos), el “pana” venezolano o el más reputado “che” argentino, diluyéndose así gran parte de sus connotaciones peyorativas, hasta que alguien recuerda su esencia original para arrojarla en alguna discusión, pelea o necesidad de interpelación descalificadora hacia el prójimo.

LA TRAGEDIA DEL “HUEVÓN”: Mi cuñado finés ya está al día acá con la jerga chilena… Aunque su seriedad y el acento nórdico lo delatan (además de su aspecto de elfo de Tolkien), aprendió a usar perfectamente los apelativos “hueón” y “hueá”… De hecho, cada vez se lo escucho más bien integrado a sus frases como adjetivo, sustantivo, verbo, indicación objetiva o subjetiva, calificativo o descalificativo, marcación final y muletilla. ¿Cómo nace esta manía nacional por abusar del “hueón”, “esa hueá”, “no hueí”, etc.? Años atrás, se usaba el “huevón” para señalar a personas de pocas capacidades intelectuales, culturales o de talentos: de ahí también el “ahuevonado” y “saco de huevas” (escroto). Algo parecido al “gilipolla” español. Se supone, en teoría, que los hombres con los testículos o “huevas” (comparación con la forma y tamaño de los huevos) demasiado grandes, no podían pensar bien a causa del peso de sus propias gónadas, y de ahí proviene también el insulto que subyace al preguntarle a alguien: “¿Acaso te pesan las huevas?” cuando no puede completar una tarea, resolver un problema o consumar un esfuerzo físico. “Huevear”, a su vez, es hacer tonterías que provocan molestia o incomodan a otros. El curioso concepto habría surgido de observaciones de la vida rural: se creía que ciertos machos del ganado campesino eran torpes proporcionalmente al tamaño de sus “criadillas”, y que los animales de corral que no eran castrados de pequeños -como toros, burros o chanchos padrones-, solían ser flojos, brutos, poco astutos e inútiles al trabajo, sirviendo sólo como reproductores. Con el tiempo, sin embargo, y por influencia cultural de otros países, “tener huevas grande” se ha ido convirtiendo en un sinónimo de entereza, masculinidad o determinación, perdiéndose un poco esa vieja comparación con un objeto de insulto. “Huevón”, a su vez, se convirtió en una forma cariñosa de referirse a amigos y a gente de confianza, equivalente al “güey” de los mexicanos (entre los cuales “huevón” se usa para señalar más bien a los flojos), el “pana” venezolano o el más reputado “che” argentino, diluyéndose así gran parte de sus connotaciones peyorativas, hasta que alguien recuerda su esencia original para arrojarla en alguna discusión, pelea o necesidad de interpelación descalificadora hacia el prójimo.